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El puente inacabado de Anno regresa a las salas de Norteamérica

Martha O'Hara

Un muchacho está parado al borde de un mar del color del óxido, el agua espesa y quieta bajo un cielo naranja amoratado, mientras otro muchacho lo observa desde un peñasco partido. Esa imagen, pura ruina y silencio y un horizonte del tono de una herida abierta, es el registro en el que «Neon Genesis Evangelion» se cerró por primera vez en una pantalla grande. «Neon Genesis Evangelion: Death and Rebirth», de Hideaki Anno, es menos una película que cuenta una historia y más una que la desarma, cerniendo el apocalipsis de robots gigantes de su serie de televisión hasta dejar solo su duelo, sus repeticiones y sus largas pausas sostenidas.

Llega como siempre ha llegado: como un fragmento. La cinta está construida en dos mitades desiguales. La primera pasa cerca de una hora recortando la serie hasta volverla una fuga de la memoria, dando vueltas una y otra vez sobre los mismos rostros y las mismas heridas. La segunda se corta a media frase, abriendo el primer movimiento de un final que en realidad no quedaría terminado en varios meses. Es un puente al que le falta una de las orillas, y esa condición inconclusa, más que cualquier secuencia por sí sola, es lo que ha mantenido al público discutiendo qué demonios es esta cosa.

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Las voces que la sostienen son las mismas que hicieron de la serie un parteaguas. Megumi Ogata interpreta a Shinji Ikari como un nervio en carne viva, un chico de catorce años que se derrumba hacia adentro; Megumi Hayashibara le da a Rei Ayanami su calma plana e inquietante; la Asuka Langley Soryu de Yuko Miyamura es toda armadura y fractura; la Misato Katsuragi de Kotono Mitsuishi carga con el cansancio adulto que los adolescentes todavía no saben nombrar. Despojadas de casi todos sus momentos de acción y reducidas a fragmentos, estas actuaciones dejan de servir a la trama y empiezan a funcionar como pura interioridad, que es justo el argumento entero que arma la compilación sobre la serie.

Anno ensambló el paquete en el punto en que la serie ya había roto su propio marco. La emisión televisiva había cerrado con dos episodios de abstracción psicológica descarnada, cuartos blancos como el gis y garabatos dibujados a mano, que partieron a la audiencia por la mitad, y el estudio detrás de todo, Gainax, recibía por igual adoración y furia. «Death and Rebirth» se instala en esa herida. Es el trabajo de un cineasta que da vueltas alrededor de su propio material, incapaz de dejarlo, usando la remezcla como una forma de pensar en voz alta sobre cómo debía ser el final antes de tener los recursos para construirlo.

La mitad de «Death» trata a la serie como una partitura para volver a orquestar, intercalando a los cuatro pilotos adolescentes en un recital que insiste en regresar a las mismas frases. La mitad de «Rebirth» es otra cosa por completo: el primer rollo literal de lo que pronto se convertiría en «The End of Evangelion», el final alterno que Anno entregó cuando la producción se le desbordó. Visto hoy, «Rebirth» se comporta como un suspenso que la película nunca pretendió mantener, cortándose justo cuando el apocalipsis que venía amenazando empieza a moverse.

Nada de esto la vuelve una obra completa, y vale la pena ser honestos con eso. «Death and Rebirth» fue, dicho sin rodeos, un parche, moldeado tanto por los calendarios y el dinero como por la intención. La remezcla recicla metraje que muchos de sus espectadores ya se sabían de memoria, y la segunda mitad no resuelve nada porque la resolución estaba, por diseño, guardada para un estreno aparte. Cualquier reestreno armado en torno a ella hereda ese centro hueco. Ofrece la imagen de un final en lugar de un final, y quien entre en frío saldrá sin la recompensa que sugiere la publicidad.

A still from Neon Genesis Evangelion Death and Rebirth, 1997
Shinji Ikari in Neon Genesis Evangelion: Death and Rebirth (1997)

Lo que sí entrega la compilación es la textura de la desesperanza de Anno trabajada con un control formal poco común. La música de Shiro Sagisu se mueve entre el arrebato orquestal y el casi silencio; los diseños de personajes de Yoshiyuki Sadamoto conservan su fragilidad incluso en los fotogramas quietos; la paleta se va a los azules clínicos, los verdes de hospital y ese rojo litúrgico recurrente que inunda las imágenes finales hasta que la pantalla parece sangrar. Las composiciones prefieren el espacio negativo, un rostro empujado a una orilla del cuadro con el vacío presionando desde la otra, y el remontaje afila esa soledad en vez de diluirla. La codirección acreditada a Kazuya Tsurumaki y Masayuki, trabajando bajo Anno con apoyo de producción de Production I.G, evita que el remontaje se sienta como un simple carrete de momentos destacados. El reparto se redondea con Fumihiko Tachiki como el glacial Gendo Ikari y Koichi Yamadera como Ryoji Kaji, ambos hilando una amenaza adulta a través de una historia por lo demás anclada en la adolescencia.

El regreso a Norteamérica llega mediante GKIDS, que en años recientes se ha dedicado a devolver a la circulación las películas de Evangelion, alguna vez agotadas. La distribuidora presenta el material como un evento de dos noches bautizado Evangelion 30th Movie Fest, con la proyección del corte revisado de «Death (True)² & Rebirth». Para la compilación en particular se trata de una primera temporada de cine propiamente dicha en estas tierras, la ocasión de ver el fragmento proyectado a la escala para la que fue montado, con una duración de unos 101 minutos. Por ahora no hay estreno en cines confirmado en México; en Norteamérica la película se proyecta el 21 de julio dentro del Evangelion 30th Movie Fest de GKIDS, con «The End of Evangelion» al día siguiente, el 22 de julio, en cadenas participantes como AMC y Cinemark. Si ese fragmento se sostiene por sí solo o solo cobra sentido como la puerta de entrada a la película que le sigue es, apropiadamente, la discusión que siempre ha detonado.

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